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Precio cerrado o por horas: cuál te conviene y por qué

Cobrar por horas parece lo más justo: pagas lo que se trabaja. Y es justo lo contrario de lo que le conviene a quien no va a estar mirando.

Sergio DomínguezPor Sergio Domínguez8 min de lectura

Hay dos formas de contratar un trabajo de jardinería: por el trabajo —un precio cerrado por dejar esto así— o por horas, tantas al día o tantas a la semana.

Casi todo el mundo siente que lo segundo es más justo, porque pagas exactamente lo que se ha trabajado. Y en esta zona, para la mayoría de los casos, es lo que menos te conviene.

Lo que de verdad se está comprando

La diferencia entre las dos no es el dinero. Es quién se come que el trabajo se alargue.

El mismo trabajo, contratado de dos maneras

De entrada, el precio cerrado parece más caro. Y lo es: pide un poco más que lo que saldría por horas si todo fuera según lo previsto. Por eso el instinto es rechazarlo.

Pero el trabajo casi nunca dura lo previsto. Aparece raíz donde no se esperaba, el seto estaba peor de lo que se veía, hay que ir dos veces al punto limpio. Por horas, eso lo pagas tú, y no hay nada que lo frene.

El cerrado no se ha movido, y ahí se ve para qué era. Ese poco de más que pedía al principio es lo que cuesta que el riesgo sea suyo y no tuyo. Cuando el trabajo se puede definir, casi siempre compensa.

Un precio cerrado siempre pide algo más que la cuenta optimista de horas, y no es un redondeo al alza: es el margen con el que quien lo firma cubre lo que no se ve desde fuera. Si aparece raíz donde no la esperaba, si el seto estaba peor por dentro, si hay que ir dos veces al punto limpio, ese problema es suyo.

Por horas ese margen no existe, y por eso sale más barato sobre el papel. Lo que pasa es que el riesgo tampoco desaparece: se ha movido de sitio, y ahora está en tu factura.

Por qué aquí eso pesa más

Esta es la parte local, y no tiene que ver con el jardín sino con quién está mirando.

En buena parte de esta costa el propietario no vive aquí. Ve el jardín tres o cuatro veces al año y el resto del tiempo el trabajo se hace sin que haya nadie delante. Las horas funcionan cuando alguien puede ver el ritmo al que se trabaja, y aquí, muy a menudo, nadie puede.

Conviene decirlo sin dramatismo: no es una cuestión de honradez. Es que una tarifa por horas sin nada que la acote no tiene ningún freno incorporado. El día cunde lo que cunde, y si nadie lo compara con nada, nadie lo nota —ni siquiera quien trabaja—.

Es el mismo motivo por el que en esta zona el parte con fotos no es un detalle bonito sino la única forma de ver tu propio jardín. Lo contamos entero en jardineros en Calahonda, que es donde más se nota.

Cuándo sí convienen las horas

No siempre son mala idea, y hay un caso en que son claramente lo mejor: cuando de verdad nadie puede saber el alcance hasta empezar.

Una parcela abandonada de la que no se ve el suelo. Una primera limpieza donde no se sabe qué hay debajo. Un «ven un día y haz lo que puedas priorizando esto». En esos casos, pedir un precio cerrado obliga al jardinero a meter un colchón grande —porque se está jugando el día— y acabas pagando esa incertidumbre aunque luego no aparezca.

Ahí las horas son honestas. Pero solo si llevan dos cosas.

Las dos condiciones que las hacen seguras

Un tope. «Máximo tantas horas o tantos días; si hace falta más, se para y se habla». Sin tope no es un presupuesto, es una cuenta abierta. Con tope, lo peor que puede pasar ya lo sabes hoy.

Un parte de lo hecho. Qué se hizo cada jornada y, si puede ser, fotos. No hace falta nada formal: un mensaje con cuatro líneas y tres fotos vale. Lo importante es que exista, porque es lo que convierte las horas en algo comprobable.

Con esas dos, las horas dejan de ser un cheque en blanco. Sin ellas, lo son aunque el jardinero sea excelente.

Lo que mejor funciona casi siempre

La combinación. Precio cerrado para todo lo que se puede definir —la pasada de mantenimiento, el seto, la palmera, el desbroce de una superficie conocida— y una bolsa de horas con tope para lo que no.

Así lo previsible tiene precio firme y lo imprevisible tiene techo. Además hace el presupuesto comparable: cuando pides tres, puedes poner las partidas cerradas una al lado de otra, cosa que con tres tarifas horarias distintas no puedes hacer de ninguna manera.

«¿Y si sale algo que no estaba previsto?»

Es la objeción razonable, y la respuesta distingue un presupuesto cerrado bueno de uno que va a dar problemas. Un cerrado serio dice qué no incluye, y dice qué pasa si aparece.

Lo que suele quedar fuera por costumbre y conviene preguntar: la retirada de restos si el volumen se dispara, los trabajos en altura, el tratamiento de una plaga que se encuentre, la reparación del riego si se descubre una avería, y cualquier cosa que necesite maquinaria que no estaba prevista.

Ninguna de esas exclusiones es abusiva —nadie puede cerrar un precio sobre algo que no sabe que existe—. Lo que sí es señal de alarma es que no aparezcan por escrito en ninguna parte. Entonces no son exclusiones: son sorpresas esperando.

La frase que resuelve casi todo es una: «si aparece algo que no está aquí, se para y me lo cuentas antes de hacerlo». Cuesta nada decirla y evita la única discusión desagradable que suele haber al final de un trabajo.

Y por eso a veces te dicen «hay que verlo»

Para dar un precio cerrado hay que poder medir. No es una excusa para no dar cifras por teléfono: es que quien da un cerrado sin ver nada lo va a corregir al alza, y entonces no era un cerrado.

Cinta métrica de obra extendida sobre un plano dibujado a mano, con un lápiz al lado, apoyado todo sobre la hierba del terreno.

Esto es lo que hay detrás de un número cerrado: alguien que ha estado en el sitio, lo ha medido y lo ha dibujado. Sin esa parte, el número que te dan es una estimación con otro nombre.

La forma de evitarte la visita es darle con qué medir: cuatro fotos decentes, las medidas aproximadas y qué quieres conseguir. Con eso la mayoría de los trabajos se pueden cerrar sin que nadie se desplace. Qué conviene tener contestado antes de llamar está en precios de jardinería.

Y un aviso que vale sobre todo en estas semanas: si lo que te van a hacer es una puesta a punto de después del verano, pídela cerrada y aparte del mantenimiento. Meterlas en la misma cuota mensual se paga doce meses —lo contamos en poner a punto y mantener no son lo mismo—.

El resumen

Si el trabajo se puede describir, pídelo cerrado aunque sobre el papel pida un poco más: ese poco es lo que cuesta que el riesgo no sea tuyo.

Si de verdad no se puede describir, las horas valen, pero con tope y con parte. Y si alguien te ofrece horas sin ninguna de las dos cosas, no es que sea más barato: es que todavía no sabes lo que va a costar.

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