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JardinerosCosta del Sol

Blog · Calendario de poda

Abrir un árbol de golpe aquí le quema la corteza

La copa de un árbol también es su sombrilla. Cuando se abre entera de golpe, el sol llega a una corteza que no ha estado expuesta en treinta años, y aquí eso no es una metáfora.

Sergio DomínguezPor Sergio Domínguez8 min de lectura

La petición llega casi siempre igual: «este árbol se ha hecho muy grande, bájalo a la mitad». Y suena razonable, porque parece que al árbol le estás quitando peso de encima.

Es la poda que más árboles estropea en esta costa. No por el corte en sí, sino por lo que el corte deja al descubierto.

La copa también es la sombrilla del árbol

Esto es lo que casi nadie tiene en la cabeza. Un árbol maduro lleva décadas construyendo su copa, y esa copa no solo da sombra al jardín: se la da a su propia madera.

El tronco y las ramas principales de un árbol grande llevan treinta o cuarenta años sin recibir sol directo. Su corteza se ha formado para vivir a la sombra: es más fina de lo que sería al aire libre, y no tiene nada que la proteja de una insolación.

El mismo árbol, una poda de más

La copa no solo da sombra al jardín. Se la da a su propio tronco y a sus propias ramas, que llevan décadas sin recibir sol directo y no están preparadas para recibirlo.

Al quitar media copa de una vez, esa madera queda al aire. Y aquí el sol de julio sobre una corteza que nunca lo ha visto no es una molestia: es una quemadura, y se ve a las pocas semanas.

El árbol responde llenándose de chupones. Brotes verticales, finos y mal sujetos, que salen a taparse a toda prisa. No es que se esté recuperando: es que está tapando una herida.

Cuando se abre media copa de una vez, esa madera pasa de la sombra permanente al sol de frente en una mañana. Y aquí eso no es una molestia: es una quemadura de verdad, de las que agrietan la corteza y la dejan desprenderse en placas a los pocos meses.

Es el punto donde este clima cambia las reglas. En un sitio con inviernos de verdad, una copa abierta deja la madera expuesta a un sol flojo y durante una parte del año. Aquí la deja expuesta a cinco meses de sol casi vertical, y la cara sur y poniente de esas ramas es la que paga.

Y luego vienen los chupones

La otra consecuencia es la que se ve antes, y suele interpretarse al revés. A los pocos meses el árbol se llena de brotes verticales, finos y muy juntos, sobre todo alrededor de los cortes grandes. Son los chupones.

Mucha gente los lee como buena señal: «mira qué fuerte ha rebrotado». No es eso. Es una respuesta de emergencia para volver a fabricar hoja cuanto antes, porque el árbol se ha quedado sin la superficie con la que se alimentaba y sin la que se daba sombra.

Y tienen un problema de fábrica: no nacen de una unión estructural como una rama normal, sino de tejido superficial. Crecen rápido, se hacen largos y se sujetan mal. Al cabo de unos años tienes un árbol con veinte ramas verticales mal ancladas justo donde antes había una bien puesta, y eso sí acaba siendo un problema de seguridad —cómo se reconoce está en las señales de que un árbol es un peligro—.

Además obligan a volver. Un árbol rebajado hay que repasarlo cada pocos años porque los chupones se disparan, así que la poda barata de hoy se convierte en una poda recurrente.

Entonces, ¿cuánto se puede quitar?

Menos de lo que la gente cree, y la regla práctica no es un porcentaje sino una pregunta: ¿va a quedar madera al sol que antes no lo estaba?

Si la respuesta es sí, hay que repartir el trabajo en varias intervenciones separadas por temporadas, para que la corteza se vaya adaptando y el árbol tenga tiempo de reponer hoja entre una y otra. Es más lento y sale mejor.

Y hay una alternativa que casi nunca se ofrece y que resuelve la mitad de los casos: aclarar en vez de rebajar. Quitar ramas enteras desde su unión —las secas, las cruzadas, las que van hacia dentro— deja pasar luz y aire, baja el peso y la resistencia al viento, y no cambia la silueta ni descubre la madera. El árbol sigue dándose sombra a sí mismo.

Copa de un árbol vista desde abajo: las ramas principales se distinguen una a una y el cielo se ve por los huecos entre la hoja.

Así se ve una copa que deja pasar luz y aire: se distingue la estructura de ramas, se ve cielo por los huecos, y el árbol sigue teniendo la silueta que tenía. Eso es lo que busca un aclarado, y no se parece en nada a bajarlo a la mitad.

Cuándo se hace, ya que estamos

Una poda fuerte se planifica en otoño y se ejecuta en invierno, que es cuando el árbol está más parado y cuando la madera que quede expuesta va a tener meses de sol suave por delante para irse curtiendo antes de junio.

Hacerla en primavera o a principios de verano es la peor combinación posible: se abre la copa justo antes de los meses de sol fuerte. Qué toca en cada mes está en el calendario de poda de la Costa del Sol, y qué conviene no tocar ahora mismo, en qué no podar en otoño.

En comunidades esto pasa más que en jardines particulares, y por un motivo concreto: el arbolado de las urbanizaciones de los sesenta y setenta se plantó demasiado cerca de los edificios, así que cada pocos años alguien pide bajarlo. La salida no es rebajarlo otra vez —lo contamos en mantenimiento de zonas verdes para comunidades—.

Si a tu árbol ya se lo han hecho

Es lo más probable, porque en esta costa hay muchísimos árboles rebajados. La primera reacción suele ser cortar todos los chupones de raíz, y es la equivocada: quitarlos todos de golpe repite el problema —vuelves a dejar la madera sin hoja y sin sombra, y el árbol responde sacando más—.

Lo que funciona es lo contrario, y lleva tiempo. Se dejan los chupones mejor colocados y con mejor ángulo, se quitan los que se estorban entre sí, y a lo largo de varios años se van seleccionando hasta que unos pocos engordan y se convierten en ramas de verdad. El árbol acaba recuperando una copa, aunque no sea la que tenía.

Y mientras tanto, la corteza que quedó expuesta agradece cualquier sombra. Si hay forma de que le dé algo de sombra por la tarde —otra planta, un toldo, lo que sea— en los primeros veranos, se nota.

El resumen

Antes de bajar un árbol a la mitad merece la pena saber que su propia copa es lo que protege su madera, y que aquí el sol no perdona una corteza que no está acostumbrada.

Casi siempre se consigue lo que se busca —menos sombra, menos volumen, menos riesgo con el viento— aclarando en vez de rebajando. Y cuando de verdad hay que quitar mucho, se reparte en varios inviernos.

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