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JardinerosCosta del Sol

Blog · Riego eficiente y ahorro de agua

Las hojas se queman por los bordes y regar más lo empeora

Se seca el borde y el centro sigue verde. No es sed: es la sal que va dejando cada riego, y desde mayo no ha llovido lo suficiente para llevársela.

Sergio DomínguezPor Sergio Domínguez8 min de lectura

Finales de agosto. Sales a la terraza y la planta que llevaba todo el verano bien tiene los bordes de las hojas marrones y quebradizos. El resto sigue verde.

La conclusión sale sola: le falta agua. Y la reacción también: subir el riego un par de minutos, o pasar de tres días a dos.

A veces es eso. En esta costa, en agosto, muchas veces no lo es, y regar más a menudo empeora exactamente el problema que se quiere arreglar.

El borde muerto y el centro verde

Antes de tocar el programador conviene mirar la hoja de cerca, porque la sed y la sal dejan marcas distintas y se distinguen sin aparatos.

Una planta con sed se dobla entera. Las hojas pierden turgencia, cuelgan, y si riegas por la tarde a la mañana siguiente están otra vez tiesas. El daño es reversible mientras no se pase de cierto punto, y afecta a la planta completa, no a una parte de cada hoja.

Lo otro tiene otra pinta: el borde y la punta se secan del todo, el centro sigue verde, y entre lo muerto y lo vivo hay una línea de contorno bastante nítido. No se recupera regando. Y empieza por las hojas más viejas, que son las que llevan más meses transpirando.

Hojas de palmera con el borde y las puntas secos y marrones, de contorno nítido, mientras el resto del limbo sigue completamente verde.

Es el patrón, no la especie: en palmera se ve en la punta de los folíolos, en un seto en el filo de la hoja, y en el césped en el extremo de la brizna. Siempre en lo más lejano al tallo, que es donde acaba el viaje del agua y donde se queda lo que el agua traía.

De dónde sale la sal

Aquí hay dos orígenes, y no se arreglan igual.

El agua de riego. Toda agua lleva sales disueltas, unas más que otras. La de pozo suele llevar más que la de red, y cerca del mar un pozo puede llevar bastante más, porque cuando se bombea de más el acuífero costero entra agua salada a ocupar el hueco. Esa sal entra en el jardín con cada riego.

El mar. Con levante, el aire de primera línea lleva aerosol marino y lo deposita en la hoja. No hace falta que la ola llegue a la parcela.

Se distinguen por dónde aparece el daño. El del mar quema por fuera y por el lado que da al mar: un seto con la cara de poniente perfecta y la de levante tostada, o una fila de plantas en la que la primera está mucho peor que la cuarta. El del riego no entiende de orientaciones: sale planta por planta, según lo que cada una beba y según lo que drene su suelo, y se ceba con las macetas.

Por qué justo ahora y no en marzo

Esta es la parte local, y es la que explica el calendario del síntoma.

Aquí llueve en otoño e invierno y luego se corta. De mayo a septiembre el agua del jardín la pones tú, riego a riego, durante cuatro meses. Cada uno de esos riegos mete sal. La planta bebe agua y el sol evapora agua; ninguno de los dos se lleva la sal. Y no hay lluvia que la empuje hacia abajo.

Un verano de riegos, en corte

  • entra agua con sal disuelta
  • sale agua, no sale la sal
  • sal acumulada

Cada riego deja sal: el agua se evapora o se la bebe la planta, y lo que traía disuelto se queda. Desde mayo no llueve lo bastante para llevárselo.

Solo se va con agua de sobra: un riego largo que atraviese la zona de raíces, o la primera lluvia buena del otoño, la empuja por debajo.

Por eso el borde quemado es un síntoma de final de verano. No es que la planta aguantara y de pronto haya dejado de aguantar: es que la concentración en la zona de raíces lleva subiendo desde mayo y ahora está en su punto más alto del año.

Y por qué regar más a menudo lo empeora

Aquí está el problema de fondo, y es contraintuitivo. La sal solo se marcha si pasa agua suficiente para atravesar la zona de raíces y seguir bajando. El agua que se queda arriba y se evapora no se lleva nada; deja lo que traía.

Un riego corto y frecuente hace exactamente eso: moja los primeros centímetros, se evapora casi entero y añade otra tanda de sal. Repetido cada dos días durante agosto, no es que no arregle el problema, es que lo construye.

Es el mismo motivo por el que el riego corto y a diario tampoco hace raíz profunda, algo que contamos con más detalle en cuánto regar el jardín en verano. Menos veces y más rato resuelve las dos cosas a la vez.

Qué hacer

  • Un riego largo, de los que drenan. En suelo, uno que empape de verdad en vez de tres cortos. El objetivo no es mojar: es que sobre agua y baje.
  • En maceta, regar hasta que salga por abajo, y esperar a que salga bastante, no unas gotas. Y luego vaciar el plato: si se queda lleno, la maceta se vuelve a beber esa agua con toda la sal concentrada dentro.
  • No abonar una planta que ya está quemada. Los abonos minerales son sales. Es echar más de lo mismo justo cuando sobra.
  • Después de un levante fuerte, mojar la hoja de lo que esté en primera línea. Con agua limpia y sin sol encima, se arrastra el depósito antes de que haga daño.
  • Y esperar a la primera lluvia buena, que es la que de verdad lava el perfil y no cuesta nada. Una lluvia de otoño hace en una tarde lo que no hace un mes de riego corto.

Un caso de aquí que casi nadie relaciona: las macetas de una terraza cubierta o de un ático nunca reciben lluvia. En un jardín, el invierno lava el suelo solo; ahí arriba no pasa nunca, así que la sal de cada riego se va sumando año tras año sin que nada la retire. Es una de las razones por las que las plantas de las terrazas y los áticos de Fuengirola se estancan al tercer o cuarto verano aunque no les falte de nada. Si es tu caso, un riego de lavado —abundante y con el plato vaciado— un par de veces al año cambia bastante las cosas.

Lo que ya está quemado no vuelve

Conviene decirlo para que nadie espere sentado: el tejido seco no rehidrata ni reverdece. Se queda marrón hasta que la hoja se cae.

Lo que se está salvando es el brote nuevo. Si corriges el riego ahora, lo que salga a partir de octubre saldrá limpio, y en unos meses la planta habrá renovado lo peor. Recortar las hojas más feas se puede hacer si molesta a la vista, pero no aporta nada a la planta y quitar mucha hoja de golpe sí le resta.

Si se repite todos los veranos

Cuando el problema vuelve cada agosto pase lo que pase, ya no es de riego: es que hay plantas que no encajan con el agua o con el sitio.

Cerca del mar hay especies que conviven con la sal sin inmutarse —adelfa, tamarix, pitósporo, lentisco, romero— y otras que nunca lo van a hacer; los cítricos, por ejemplo, están entre las sensibles, y en una parcela de primera línea con agua de pozo lo van a pasar mal siempre. Es la misma lógica de agrupar por necesidades que contamos en qué plantar para no estar regando todo el verano, aplicada a la sal en vez de a la sed.

Y si lo que se está quemando es un seto entero por la cara del mar, la decisión no es de riego sino de especie, que es justo lo que hay que pensar antes de comprar: qué seto plantar aquí.

Con un jardín entero afectado, o con un césped que se va por rodales siempre en los mismos sitios, ya merece la pena mirar el drenaje y analizar el agua. Ahí sí hay un número que sacar, y sale de un laboratorio, no de una web.

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