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Antes del jardín vertical: de quién es la pared y cuánto pesa mojado

Todo el mundo empieza por las plantas. En un edificio de pisos hay dos cosas que van antes, y las dos se resuelven con una consulta, no con un catálogo.

Sergio DomínguezPor Sergio Domínguez8 min de lectura

La conversación sobre un jardín vertical empieza siempre por el mismo sitio: qué plantas. Y es lo último que hay que decidir.

En un edificio de pisos, que es la mayor parte de lo que hay en esta costa, hay dos preguntas que van antes y que no parecen de jardinería. Las dos se resuelven con una consulta y no con un catálogo, y las dos se hacen mejor antes de pagar nada.

Primera: esa pared, ¿es tuya?

Parece una pregunta tonta hasta que se mira de cerca. En un piso o en un ático, la pared que da a la calle suele ser fachada, y la fachada es elemento común. El antepecho de la terraza, la separación con el vecino y el paramento del tendedero pueden serlo también, o no, según el edificio.

Lo importante es que no se deduce mirándola. Que la terraza sea de uso privativo tuyo no convierte en tuyo todo lo que la rodea, y el reparto entre lo común y lo privativo cambia de un edificio a otro según lo que digan su título y sus estatutos.

Así que la consulta es al administrador, y es una llamada: qué se considera elemento común en tu caso, y qué hace falta para anclar algo ahí. La respuesta condiciona lo demás —si la pared no está disponible, el sistema cambia entero: hay soluciones que van sobre estructura propia apoyada en el suelo de la terraza y que no tocan el paramento—.

Y conviene hacerla antes de comprar. Un jardín vertical ya instalado que haya que descolgar no es solo el dinero: es el paramento con los taladros hechos.

Segunda: ¿cuánto pesa esto cuando está mojado?

Aquí está el punto que no se cree nadie, y es el que hace que esta pregunta exista. Un jardín vertical se compra por una foto, y en una foto no pesa nada: se ven plantas, y las plantas pesan poco.

Lo que cuelga de la pared no son las plantas. Es el sustrato con el agua dentro, más la estructura, más el propio sistema de riego. Y el sustrato no está seco casi nunca.

Jardín vertical a medio cubrir: filas de recipientes negros llenos de sustrato sobre un bastidor de madera, con la vegetación tapando solo una parte.

Cuando el jardín está hecho no se ve nada de esto. Lo que cuelga de la pared son esas filas de recipientes con su tierra dentro, y las plantas son la capa de encima —la que se elige, y la que menos pesa—.

El mismo panel, un riego entero

El panel que te enseñan está seco. Es el estado en el que se transporta, se fotografía y se instala, y es el más ligero de todos los que va a tener.

Con cada riego el sustrato se llena de agua. Y mientras el agua está dentro, cuelga de los mismos anclajes. Lo que carga la pared en ese momento no tiene que ver con lo que pesaban las plantas.

Escurre lo que sobra y se queda húmedo. Un sustrato retiene agua entre riegos —para eso está—, así que nunca vuelve al peso de la foto. El estado normal es este, y es el que hay que preguntar.

Esto no es un detalle técnico: es la diferencia entre la cifra que te dan y la que la pared va a aguantar todos los días del año. Pregunta siempre por el peso en húmedo, no por el del sistema, y si te dan un solo número, pregunta cuál de los dos es.

En un ático orientado a poniente el asunto se agrava por donde menos se espera. Una pared que irradia calor por detrás obliga a regar más, y regar más significa más agua retenida durante más horas. La orientación que hace sufrir a la planta es la misma que hace trabajar al anclaje. Por qué la pared manda sobre la especie lo contamos en jardines verticales.

Lo que sí puedes resolver tú antes de llamar

Mira hacia dónde da la pared y a qué hora le entra el sol. Con eso ya se descartan la mitad de las paletas de plantas, y es un dato que tienes sin que venga nadie.

Mira qué hay al otro lado. No es lo mismo un muro macizo que un cerramiento ligero o un tabique de un dormitorio. Se está colgando un sistema permanentemente húmedo contra algo, y saber contra qué cambia la solución.

Mira dónde está la toma de agua y el desagüe más cercanos. Un jardín vertical necesita las dos cosas: entra agua y sale agua. Si la terraza no tiene sumidero, o lo tiene lejos, eso no es un problema insalvable pero sí es parte del presupuesto, y más vale saberlo antes.

Y mira si hay enchufe. Casi todos los sistemas llevan bomba y programador. Suena obvio y es de las cosas que aparecen a mitad de instalación.

La pregunta incómoda: ¿tiene que ser vertical?

Merece la pena hacérsela, porque la respuesta honesta a veces es que no. Un jardín vertical es la solución cuando no hay suelo disponible y sí hay pared. Si hay un metro de suelo al pie del muro, una trepadora en tierra hace el mismo trabajo visual sin depender de una bomba, sin colgar peso de nada y sin que un corte de luz en agosto se lleve el jardín por delante.

Y si lo que se busca es tapar una medianera o una vista, conviene mirar antes qué se puede plantar delante: qué seto plantar en la Costa del Sol resuelve muchos de estos casos con bastante menos mantenimiento.

Si es en zona común, cambia quién decide

Todo lo anterior vale para tu terraza. Si lo que se plantea es un jardín vertical en el portal, en el garaje o en un patio comunitario, el que decide es la junta y el que paga es la comunidad, y eso cambia cómo se pide.

Lo que más se olvida en ese caso no es la instalación: es quién lo mantiene después y con qué frecuencia. Un sistema así no admite un mantenimiento genérico, y si no está escrito en el contrato no está contratado —lo contamos en qué mirar en el contrato de jardinería de la comunidad—.

El resumen

Antes de elegir una sola planta hay dos llamadas que hacer: una al administrador, para saber si esa pared se puede tocar, y otra a quien te lo vaya a instalar, para que te diga cuánto carga el sistema con el sustrato húmedo.

Las dos son gratis y las dos se hacen esta semana. Y las dos evitan lo mismo: descubrir el problema cuando el jardín ya está colgado.

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